Cuando nació la religión cristiana, con Abraham, lo que más la distinguía de las religiones existentes es que reconocía a un solo Dios. Esto que ahora, en esta civilización nos parece lo más normal, es realmente una rareza histórica. Y de hecho, era tan fuerte, que casi todo el Antiguo Testamento es la historia de cómo Dios va educando a su pueblo en la creencia en un solo Dios. La Alianza hecha con Moisés, consiste en que el Pueblo rechace el politeísmo. Lo primero que les dice es “No tendrás otros Dios fuera de mí. No te harás escultura, ni imagen … no te postrarás ante ellos, ni les darás culto”.

+ Esta insistencia en la unidad y sublimidad de Dios explica, por ejemplo, que al fundar el Islam, Mahoma quiere purificar el Cristianismo, combatir la idolatría y politeísmo que encuentra en Arabia. Y al volver al Antiguo Testamento crea una religión cuyo credo principal es “Alá es el único Dios” y cuyo pecado principal es la idolatría. El Islam bebe del Antiguo Testamento.
+ Pero al llegar Cristo, en el Nuevo Testamento, nos hace ver más allá de la unidad de Dios, y nos revela que en Dios hay un Padre un Hijo y un Espíritu Santo.
+ Desde los Apóstoles la Iglesia ha aceptado este misterio y ha tratado de profundizar en él especulativamente. Esto de profundizar racionalmente en la religión es algo muy típicamente cristiano, otras religiones no lo aceptan como válido. Casi ni siquiera la iglesia ortodoxa. Pero nosotros creemos que Dios nos pide este culto con la inteligencia y se lo damos. Nosotros creemos que podemos llegar a Dios por la fe y también por la razón. Y usando esta razón es que hemos conseguido la explicación que sigue de lo que es la Trinidad:
+ Gran parte de lo que podemos saber de Dios usando la razón, usando la ciencia, lo alcanzamos a base de conocernos a nosotros mismos, pues sabemos que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios.
+ En nuestra alma vemos dos ‘partes’: la inteligencia (capacidad de conocer) y la voluntad (capacidad de querer). Por lo tanto Dios también tiene que tener inteligencia y voluntad, capacidad de querer.
+ Cuando nosotros conocemos algo, adquirimos una idea de esa cosa que tenemos en nuestra mente. Cuanto mejor conozcamos a, por ejemplo, esa persona, mas completa y vivaz será la imagen de esa persona que tenemos en nosotros.
+ Dios es perfecto y su inteligencia no tiene límites. Pero lo único que puede conocer es a sí mismo (porque no hay nada fuera de Él), y El tiene una idea tan y tan perfecta de sí mismo, que esa idea tiene vida propia. A esa idea se le llama, el Logos, la Palabra o también, el Hijo.
+ Dios mira a su imagen, a su Hijo, y la ama con tanta fuerza que ese amor cobra vida. Y a ese amor subsistente entre el Padre y el Hijo es lo que se llama el Espíritu Santo.
+ Hasta aquí no aparece ningún misterio: un Dios que da origen a otros dos dioses. El misterio viene cuando insistimos en que hay un solo Dios, a pesar de que afirmamos el Padre es Dios y también el Espíritu Santo es Dios al igual que el Hijo.
+ Y el misterio se complica más cuando afirmamos que siempre quien actúa hacia afuera es la Trinidad, como una unidad, es decir, que la creación es obra de las tres personas, y la encarnación y la providencia.
+ Esto significa que para las criaturas la Trinidad es invisible, lo único que se ve es la unidad.
+ ¿Como podemos entonces nosotros identificar que hay un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo? ¿Cómo podemos dirigirnos a cada uno? Porque Dios ha querido revelárnoslo.
+ Y de hecho, nosotros creemos que el Cielo consiste en estar en el medio de esa corriente de amor que hay entre las tres personas. Y por eso nuestra oración ahora, debe ser una oración Trinitaria, como lo es la Misa. Porque nuestra oración debe ser un anticipo del diálogo que mantendremos con Dios en el Cielo.

SOBRIEDAD Y TEMPLANZA

Dic 2001

§ Sobriedad es la virtud que nos ayuda a moderar los placeres sensibles de acuerdo al recto orden de la razón.

§ Se trata de fomentar la armonía entro los sentidos y la razón, y esa armonía significa “orden hacia el fin”. Todos los placeres que Dios ha puesto en el hombre tienen una finalidad: llevarle a hacer algo. Y para encontrar cómo tenemos que comportarnos, tenemos que pensar en para qué Dios puso ese placer.

§ En la práctica, vivir templadamente se concreta en estar desprendido de los bienes materiales, disfrutándolos (como bondad creada que son) pero sin considerar necesarias (para la salud o aún para la misma vida espiritual o para el apostolado) cosas de las que se puede prescindir con un poco de buena voluntad.

§ Pero muchas veces lo difícil no es encontrar las exigencias de la templanza, sino poder vivirlas. Para eso es útil considerar (para apetecer) sus frutos.

§ La sobriedad nos lleva al señorío de nosotros mismos, que nos libra de muchas esclavitudes. “La templanza cría al alma sobria, modesta comprensiva; le facilita el natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia” (Amigos de Dios, 84).

§ La templanza se convierte en arma apostólica, al atraer a las almas con el buen aroma de Cristo. La templanza, y el desapego de los bienes materiales han sido siempre uno de los ejemplos más convincentes y atractivos de la vida cristiana.

§ En las reuniones sociales, en los viajes profesionales, en los almuerzos, hemos de vivir la templanza con esa proyección apostólica.

§ La falta de templanza se mete por osmosis, no por decisiones conscientes.

§ En nuestro caso se puede meter más fácilmente en el uso de los instrumentos de trabajo.

§ Son detalles, pero el que no los cuida queda como atrapado en esas preocupaciones e incapacitado para escuchar a Dios.