El que existe una realidad inmaterial junto con la material es algo que han reconocido prácticamente todos los seres humanos de todas las épocas. La existencia de dioses, ángeles, espíritus, etc ha sido universalmente creída. Los materialistas han sido, excepto en el siglo 20, algunos pensadores profesionales, como Demócrito o Lucrecio.
Otra forma de pensar que no es tan universal, pero que es muy común, es pensar que la materia es una realidad mala, fruto de un principio malo y que el espíritu es un chispazo de algo bueno, que hay en nosotros.

La doctrina católica, sin embargo, afirma la primacía del espíritu sobre la materia, pero afirmando a la vez la dignidad de la materia, negando la visión de que la materia es fruto del mal y el espíritu un chispazo del Bien. En la visión cristiana, el universo es una jerarquía de seres, que son distintos para poder reflejar entre todos a Dios. Dios es tan sólido como una roca, tan sutil como el aire, tan rápido como un cheeta, tan fuerte como un rinoceronte. El Génesis nos enseña que Dios vio que todo era bueno (en directa oposición a la cultura babilónica del momento), y además, Dios se hace hombre y toma materia y carne. Considera, además, la doctrina católica, que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y que está llamado a un destino eterno.
Por lo tanto es cristianismo no desprecia la realidad material. Lo que sí hace es reconocer que el hombre cometió un pecado original y que esto ha tenido como consecuencia un desorden en el hombre que hace que a veces sienta una atracción desordenada por lo material o lo sensible. Esto hace que el cristianismo pregone que el hombre tiene que estar siempre evaluando la atracción que siente hacia lo material para distinguir cuándo es buena y cuándo es perniciosa.
Vivimos en una época en la que las posibilidades de extraer placer del mundo material se han multiplicado: comidas, vista, sensaciones. Esto de por sí no es malo. Pero ha coincido con un apagamiento de la fe, y ha llevado a que, de hecho, mucha gente sienta que lo único que hay es el mundo material y que, por lo tanto, el placer es el fin del hombre. Porque ya Santo Tomás lo dijo: si no existiera el espíritu, el fin del hombre sería el placer.
Por lo tanto se impone a nosotros una necesidad especial de vivir la virtud de la templanza. Vivir una virtud no es solo un acto de la voluntad, un esforzarse, sino también un acto de la inteligencia, un examinarse, para detectar, con la luz de Dios, cuando estamos amando desordenadamente algo.
La templanza no es, por tanto, represión, sino moderación sin anormalidades. Procura un equilibrio que garantice el desarrollo integral del ser humano.
La templanza produce, como su efecto propio, dar a la persona una armonía en su alma, en su vida. Y la armonía, por definición, es belleza y esto, por definición es algo que atrae a los demás. La templanza, por lo tanto, es un activo apostólico.
Uno de sus principales campos en las comidas y bebidas. Pero también en el oído, lo que necesitamos de música. En las posiciones.