Ser "perfecto" pareciera un adjetivo que solo pudiese aplicarse a entes de razón (formas matemáticas, ideas, etc); no a cosas ni, menos aún, a hombres.

La perfección a la que nos llama Dios, sin embargo, no consiste ni en sobresalir respecto a los demás, ni en tenerlo todo o hacerlo todo. Consiste en vivir con fidelidad el papel, la vocación, que a cada uno nos toca vivir en la sinfonía de la creación. Real y asequible.


La religión no puede ensañarse como si fuera una clase, una disciplina. La religión, como cualquier tradición, son las historias que nos ayudan a entender la realidad. Y se debe enseñar, por parte de los padres y abuelos, contando historias: las historias de nuestros antepasados (Moises, David, Jesus, en el caso Cristiano  ) y nuestros héroes (los santos).

Durante milenios, la educación de los jóvenes consistió, simplemente en aprender las tradiciones de su pueblo, es decir una educación de valores, más que de contenidos: aprender a amar a la vida y a su gente.

La instrucción para el trabajo se hacía en el mismo lugar de trabajo, aprendiendo de quien sabía.

Quitémosle la importancia que le damos los contenidos (datos y técnicas) en la educación de niños y jóvenes.

Si critico a las corporaciones por ser una forma mecanicista de organizar el trabajo, por esa misma razón critico las uniones laborales o sindicatos: la división de tareas, y el presentarse como una corporación dentro de la corporación (sus rasgos distintivos) lo demuestran.

La defensa del trabajador tiene que darse, no defendiendo a una clase, sino destruyendo la idea de clase. La idea de clase viene de una visión piramidal (mecanicista), que ha de ser sustituida por una visión organicista: hay jerarquía (todos dependemos de alguien) pero no hay cúspide (no existe quien dependa de nadie)