David Hume (+1776) propuso la separación de la realidad en dos planos: lo que las cosas son (lo positivo) y lo que las cosas deben ser (lo normativo). La Ciencia sería el árbitro de lo positivo y la opinión de lo normativo.

Esta distinción es engañosa. La forma en que las cosas son (positivamente) condiciona lo que deben ser. El humano carga a sus crías, por ejemplo, porque está inscrito en su naturaleza. El abandono es malo no por una opinión mayoritaria, sino por ser antinatural.

La consecuencia de este rompimiento, entre el ser y el deber ser, fue la negación del fundamento positivo (biológico) del “deber ser”. Y esto acabó relegando los criterios de comportamiento (lo ético, qué es lo que está bien) al subjetivismo de la opinión.

El ideal liberal consiste en que cada uno viva su vida sin que nadie de fuera le diga si está bien  o mal: casarse con quien sea, tener hijos solo si se quiere,  tomar la substancia que quiera, etc.
Podemos intuir que hay algo de bueno que subyace en esta idea de defender un cierto auto gobierno personal.
Lo que, en mi opinión, no es bueno, es plasmar este ideal en leyes::regular nuevos tipos de matrimonios, o legalizar sustancias psicodélicas.  Las leyes son, por definición, la plasmación por escrito de los ideales de una comunidad (no se mata, no se roba). Las leyes bregan con conductas “generales”, no concretas.
Y el liberalismo nace, precisamente, como una denuncia contra la limitación de esas normas generales: estas normas ideales no pueden recoger la variedad de matices que tienen los comportamientos concretos. Las leyes no sirven para valorar toda la complejidad del comportamiento humano. Sin embargo, esta complejidad ha de considerarse para hacer Justicia en cada caso. Aquí descansa la validez del planteamiento liberal.
Pero si se pretende LEGISLAR el liberalismo, se le mata, por contradicción. Si tratamos de expresar como leyes todas las conductas “alternativas” a las ideales (distintos tipos de uniones maritales o de substancias permitidas), matamos lo liberal del liberalismo.
No matemos lo bueno de este ideal. Dejemos que las leyes se usen para marcar las conductas ideales (“preferimos que en nuestro pueblo los matrimonios no se divorcien”) y dejemos las conductas reales como parte de la vida social, no de sus leyes.