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El engaño de la Certeza

Un gran lastre en la capacidad de encontrar la verdad le cayó encima a Occidente cuando, después de las Guerras de Religion (siglo 17) se le dio más importancia a la certeza, a conseguir seguridad sobre lo que se sabe, que a saber más.

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La certeza, enemiga de la verdad

La sabiduría, el entendimiento de la realidad, empezará a crecer en le humanidad, en cuanto que nos liberemos de la prisión de buscar la certeza, la seguridad de nuestros conocimientos. El querer “probar” nuestras afirmaciones (el paradigma del saber desde el siglo 16) nos ha estado impidiendo volar hacia la Verdad. Tenemos que aprender a aceptar la inseguridad de nuestro conocimiento, tenemos que caminar sabiendo que quizás tengamos que volver algo hacia atrás. Si no lo hacemos, nos quedaremos a la entrada de la cueva, donde hay luz, donde las cosas se pueden probar observando y validando. Pero no conoceremos lo que hay dentro de la Montaña.

Para enseñar hay que dudar

Para enseñar lo primero es crear la duda o el deseo de saber. Si un conocimiento no viene a cubrir un “hueco”, una duda en nuestro entendimiento, entonces no encaja en nuestra mente y se “desprende”, se olvida.

Conocer por Causas es conocer poco.

Hemos tomado demasiado en serio la propuesta de Aristóteles de entender las cosas por sus causas. Esto nos da una visión demasiado mecanicista de la realidad.

La verdad es que casi todo es causa de todo. Enumerar las causas principales será siempre un conocimiento muy parcial.

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Agujero pequeño: acelera agua, pero reduce chorro

text2image_P34483_20150729_152316[1]La historia nos enseña que si reducimos el ámbito del conocimiento, éste se torna más fuerte y llega más lejos. Esto fue lo que pasó en el siglo 6 aC cuando los griegos descubrieron la razón y rechazaron el mito. También cuando en el siglo 16 se inventó la ciencia moderna, rechazando lo que no era comprobable.

Pero, ¡ojo!, cuando reducimos el ámbito del conocimiento, lo que ganamos en potencia lo perdemos en amplitud. Y, hay veces que, el estar mirando la realidad por un agujero muy pequeño, nos desorienta y nos marea. Es la hora de volver a epistemologías, a formas de conocer, más amplias, más holistas.

No existen las ideas propias

La obsesión actual en la Academia con los plagios y las citas de fuentes, proviene de pensar que existen ideas propias e ideas ajenas, como si fueran cosas. Pero esto es falso. Nuestras ideas se construyen siempre sobre otras, por lo que nadie debería reclamar su propiedad.

Por qué caímos en el relativismo

Cuando, a la Europa del siglo 13, llegó la filosofía griega de manos del Islam, venía envuelta en un debate sobre hasta qué punto debía la filosofía someterse a la Fe o alrevés; hasta qué punto Dios tenía que ser racional. Los pensadores europeos se dividieron en dos posiciones. Los voluntaristas (franciscanos primero, protestantes, después), que mantenían que Dios no está sometido a ningún orden  y podría determinar lo que quisiera: que el matar no era pecado o que debíamos odiarle Por otro lado los intelectualistas (dominicos primeros, jesuitas después) pensaban que Dios no podía ir contra su propia lógica.

Por distintas razones geopolíticas, lo que triunfó en Europa fue el Protestantismo, que es una opción voluntarista, en este contexto. Este espíritu fue el que definió la forma de pensar que hoy llamamos modernidad u Occidente.

Lo penoso de esta polémica es que se debe a un mal entendido de lo que es la libertad. Se pensaba que la libertad, que Dios debía tener para ser perfecto, era libertad de opciones, la libertad de elección, que es, en el fondo, la libertad de los animales no amarrados: el no tener impedimentos para moverse. Pensaron que para que Dios sea supremo, debería poder mandar cualquier cosa: prohibir la virtud, ordenar el adulterio, etc, sin ningún sometimiento a ninguna razón.

La verdadera libertad, sin embargo, es la libertad espiritual, que es la que le corresponde a Dios, que consiste en ser uno creador de sí mismo, ser causa sui, que implica buscar lo bueno por iniciativa de uno, moviéndose uno mismo.

Si los voluntaristas se hubieran dado cuenta de este fallo en su pensamiento, no hubieran tenido que argumentar que el orden de la Naturaleza es arbitrario, caprichoso. Y entonces no hubieran descartado este orden como fuente de la moral, y no hubiéramos caído en el relativismo que nos impide a los hombres aunarnos para encontrar la verdad más rápido.