El Señor es el gobierno local, a quien uno acude cuando tiene problemas o necesidades de coordinación con los demás: pleitos o asuntos comunales.
El Rey es el Señor que no tiene arriba otro Señor. El Rey es un Señor que es soberano. Es lo que hoy llamamos es Estado Nacional, o la Nación Estado. Su fin principal es coordinar a Señores, en los temas que afectan a varias comunidades locales.
Puede haber muchas capas de Señores, que mandan sobre otros Señores. Pero se llama Rey a aquel que no tiene otro Señor encima,  al que es soberano.
Existen también ‘Imperios’, al mando de un Rey de Reyes, como por ejemplo, el Imperio Persa o la Unión Europea. Pero no es una institución tan natural como el Rey o el Señor.

¿Debe ser una meta la sustitución de importaciones por producción local?

Esta pregunta se encuadra dentro de otra más general: ¿es mejor para la vida depender o no depender de otros?

El instinto primario nos impulsa a la independencia. Sin embargo, la razón nos lleva a descubrir formas de crecer más a base de apoyarnos en los demás, en sus necesidades y capacidades.

Aquí entra en juego la lógica inescapable del. "riesgo-rendimiento": puedo conseguir más crecimiento a base de apoyarme más en las oportunidades que los demás me representan; pero esto aumenta mi riesgo, pues las perturbaciones del ambiente pueden cortar suministros o mercados que yo necesito.

La humanidad se ha ido desarrollando, desde que descubrió la agricultura hace 12,000 años, a base de hacerse más dependiente. En decir, la humanidad ha apostado definitivamente por el crecimiento, sacrificando la independencia. Al presente, dependemos completamente de unas redes de comunicación y energía que nos hacen hipervulnerables al entorno.

En la lógica del riesgo-rendimiento no hay una solución óptima: si quiero más tengo que arriesgar más. Cada país debiera decidir con cuánto riesgo (con cuánta dependencia) se siente cómodo, y esto determinará el nivel de riqueza que alcanzará, ceteris paribus. La relación es una línea recta.

Pero aquí entra en juego el tercer nivel sapiencial (después de la intuición y la razón) que es la tradición. Aquí encontramos el mandato de que una comunidad tiene que darle más atención a sus miembros que a los de otra comunidad. Esto dobla un poco la línea de riesgo rendimiento, y lleva a concluir que, ante una igualdad de valor (calidad/cantidad/precio) uno deba preferir lo local.

Esta igualdad no es exacta, sino que hay un margen, donde consideramos los valores de lo local igual a lo importado. ¿De qué tamaño es ese margen, que lleva a favorecer a lo local? Más grande cuanto más prefiramos la seguridad sobre el crecimiento, y cuánta más importancia tenga en cada caso lo comunal sobre lo individual.

¿Guerras de religión? Egoísmos camuflados
Las guerras son conflictos de poder. Al pelear, los promotores tratan de escoger la bandera que más mueva a su gente. Ésta puede ser un agravio (aunque sucediera hace 8 siglos, como en los Balcanes) o, mejor aún, un símbolo, lo más sagrado posible. Muchas veces tan solo puede ser “la patria” o “nuestras mujeres y niños”. Pero, con probabilidad, se puede encontrar algo todavía más santo, que nadie se va a negar a defender: “la democracia” o “Allah” o “Cristo Rey”.

Se entiende. Los signos sagrados son como el broche que cierra la visión de la vida que cada persona tiene. Atacarlos es como quitarle sentido a su mundo. Es insoportable.

Pero, no nos engañemos, las guerras son, para quienes las promueven, egoísmos colectivos desatados. ¿la bandera? La más grande que encontremos

La idea de que el hombre se desarrolla acumulando derechos proviene del concepto moderno de la libertad como la ‘capacidad de hacer cosas’. Los derechos humanos en este sentido son como un mínimo de capacidad que habría que asegurarle a cada persona.

Pero resulta que la libertad no es ‘tener opciones’, sino el dirigirse uno mismo hacia su propio fin. Pudiera yo no tener ninguna opción y seguiría siendo libre.

Por lo tanto, acumular derechos no es lo que me hace crecer, ni darle derechos humanos a la gente es lo que mejora el mundo.

Lo que hace al hombre crecer es ayudarle a ver y animarle a seguir su camino: la forma en la que cada uno está destinado a ayudar a hacer el mundo mejor.

No estoy de acuerdo con la moral moderna de juzgar a los actos por sus consecuencias. Pero, como esta forma de juzgar las cosas es la que define, al presente, nuestras leyes, debiera entonces declararse el divorcio como un delito. Ya están comprobados los destrozos que produce en los niños el que se les rompa su familia. Si multaríamos a quien robe una bicileta a un menor, qué no debemos hacer al que le rompe su hogar.

Las leyes son ordenamientos de las conductas humanas que pretenden ser universales (“erga omnes”).

A pesar de lo orgullosos que estamos en Occidente con ellas, hay poco futuro para este tipo de arreglos en la sociedad, pues cada persona tiene unas circunstancias tan distintas que es poco lo que puede generalizarse.

Es más natural que haya leyes privadas: para los niños, para las mujeres, para los ancianos. Leyes privadas = privilegios.

Pero aunque hagamos leyes privadas, tenemos que promulgar las normas con mucha humildad, sin pretender que captan y garantizan la Justicia, porque la complejidad de la vida humana hace que sea muy difícil racionalizar todas las posibles circunstancias de una actuación y expresarlas en papel.

Discriminar (seleccionar + excluir) es la operación más natural del trabajo (de darle orden a la realidad). El trabajo es el arte de seleccionar los recursos adecuados para cada fin.

Es una quimera moderna (atomista) pretender que existen hombres (individuos) abstractos, homogéneos e intercambiables.

El discrimen por sexo es el más natural (baños sólo para mujeres) seguido del discrimen por edad (voto sólo para mayores).

La realidad es que cada persona es única. Y más apta para unas cosas que otras. Lo que es universal es la dignidad de cada uno.

text2image_P34483_20150901_205733[1]No debiera haber un sistema de retiro: no debemos retirar a nadie. Que todo el mundo trabaje hasta que se enferme.

Lo que sí debe haber es un ‘sistema’ (un apoyo de la comunidad)  para cuidar enfermos: esto es lo natural.

text2image_M78544_20150829_201027[1]Mi patria es el conjunto de personas y de ambientes al que, a lo largo de la Historia, tengo que estar agradecido por lo que soy.

Mi “país” es la división administrativa a la que estoy adscrito, para propósitos burocráticos.

text2image_P34483_20150824_151004[1]La educación no es prepararse para vivir, sino aprender a vivir bien. Y esto lo debe hacer todo el mundo, a todas las edades.

Dejemos para los jóvenes, la instrucción, el aprender a trabajar.

Para el resto: a formarnos continuamente, sobre todo, a través del trato con gente buena, para aprender a bien vivir.