En su plan para la creación, Dios ha cuidado mucho de no mostrarse al hombre de forma demasiado obvia, para así no obligar a nadie a reconocer a un creador, para que, si alguien quiere negarle, que lo pueda hacer de forma racional y aceptable. Él quiere la aceptación libre del hombre, no un seguimiento obligado por la evidencia.

Esto explica por qué el Universo es tan grande en proporción a la poca vida que hay en él: para que el origen de esta vida pueda achacarse al mero azar entre tantas posibilidades.