¿Para qué orar?

No deja de ser llamativo que los evangelios nos presenten hasta 6 veces al Señor orando, hablando con Dios. No era simplemente levantar la mente a Dios un momento, sino de pasarse horas orando. Se ve que impresionó a los suyos.
El mismo Dios nos aconseja la oración en numerosos lugares (cuando ores, entra en tu habitación; oren para no caer en la tentación; alegres en la esperanza, pacientes en la tribulación; constantes en la oración; está triste tu corazón: ora!)

Dios creó al universo porque quería tener más amor para dar y para recibir.

Como ninguna criatura podría tener su misma perfección, lo que hizo fue crear una diversidad de seres (piedras, animales veloces, animales pequeños, plantas). Dios es tan fuerte como un rinoceronte, tan suave como una rosa, tan rápido como un guepardo, tan sutil como una aguaviva, sólido como una roca y etéreo como el aire.
Lo que hizo fue organizar una fiesta, un concierto. Organizó al cosmos jerárquicamente: abajo lo inanimado, luego lo animado, En la cima del universo puso a los seres inteligentes, que son los que son libres para buscar su propio fin. Esto fue un riesgo, porque podían desobedecer. Pero fue un riesgo calculado, porque la gloria que le dan las criaturas libres sobre pasa el daño que pueden hacer.
La idea que el la cima de la creación estuvieran unos seres inteligentes es que sean ellos los que en última instancia den a Dios la gloria completa de todo el universo, a base de conocer y amar la obra de Dios.
Cada ser le va a dar gloria buscando su propia perfección. Y buscando su propia perfección se armonizan todas sus actividades en una sinfonía sublime.
Hubo un pequeño problema temporero y es que este ser, cima de la creación, que es el hombre, en el momento en que estaba siendo creado, se rebeló contra Dios. Esto era un problema más grande de lo que parece, porque el hombre era la pieza que le daba el sentido último del universo. Sin un hombre que admire la creación, y la guíe, no llegaba a Dios el canto de las otras criaturas.
El plan que ideó para arreglar este destrozo fue grandioso. El podía haber simplemente perdonado al hombre. Pero para que el arreglo fuera mejor que lo arreglado, se le ocurrió que el hombre mereciera el perdón, que se lo ganará por sus méritos. Él mismo se hizo un hombre y, como hombre, amó tanto a Dios, que compensó de sobra la falta de amor original. Con esto logró reconectar otra vez el universo con su creador.
Pero en vez de hacer esa reconexión de golpe, en vez de poner las cosas como estaban antes del pecado original, lo que hizo fue dejar todo el caudal de sus méritos en manos de los hombres, para que ellos participaran en este reconectar al cosmos con Dios.
Siguió para esta reconexión el mismo sistema jerárquico que usó en la creación. No escribió nada: simplemente le enseño su alma a 12 hombres y les dio a ellos la misión de pasar la gracia.
De ahí nace la iglesia, los continuadores de esa misión de pasar la gracia. Nuestra misión es unirnos con Dios y unir a otras personas a Dios. Nuestra unión con Dios se realiza con los sacramentos, y con la oración.

¿Tiene sentido pensar que nosotros podemos pedir a Dios? ¿Tiene sentido pretender que Dios cambie sus planes porque nosotros de lo pedimos? ¿Podemos convencerle de que proteja a nuestro hijo en un paseo, si el tiene otros planes? Si nuestra mamá está anciana y enferma, ¿va Dios a darle la salud porque nosotros se lo pidamos?
Para entender bien la lógica de la oración, (y así orar con más fe y perseverancia) tenemos que entender bien la lógica de la santificación, también llamada la economía de la salvación. Cuando nosotros oramos no estamos convenciendo a Dios de que cambie su voluntad, sino que nosotros estamos identificando nuestra voluntad con la de Dios. Si no fuera así ¿qué sentido tendría el que la oración deba ser perseverante, insistente? ¿Es que Dios está muy ocupado y hay que insistir, a ver si lo cogemos en un momento en que nos pueda atender? No. Si nosotros tenemos que pedir muchas veces por una misma cosa, es para nosotros convencernos racional y existencialmente) de la bondad de lo que ya Dios quiere darnos.
En resumidas cuentas, Dios es el que salva y Dios es el que santifica y organiza todas las cosas para conseguir lo que él quiere con la creación, que es que suene una sinfonía preciosa cantada por todas sus criaturas, materiales y espirituales.
Los hombres tienen libertad para hacer o no hacer el plan de Dios ¿Significa esto que puede entonces haber desafinamientos, notas fuera de sitio, un tipo que mata o roba, o envidia? No ninguna nota cae fuera de sitio, porque Dios usa los comportamientos malos de los hombres, y los acomoda junto con otros comportamientos otras notas, para que se cumpla al final su plan completo, a pesar de no haberse cumplido su plan parcial individual sobre el que actuó mal.
Realmente sí se cumplió el plan sobre el tipo que pecó o incluso el que se condenó, lo que esa persona (nosotros) escogió fue separarse libremente de Dios, y Dios lo creó con esa potencialidad. Realmente Dios no condena a nadie, el condenado es un tipo que simplemente le cogió la muestre con su voluntad apartada de Dios y, por tanto, en la eternidad su voluntad se queda apartada de Él para siempre y a este estado le llamamos infierno.
Si entendemos, con esto la lógica de la santificación, vemos que el que nos llama a la santidad es Dios y el que nos lleva a la santidad es Dios. Nuestro único papel consiste en dejar hacer o, cómo se dice más técnicamente, ‘morir a uno mismo’, vaciar nuestra voluntad para que se llene de la voluntad de Dios. Pero este papel pasivo en nuestra santificación es, en la práctica, muy activo porque este identificarnos con él se logra en definitiva con la oración y con la mortificación, que es la oración de los sentidos.
Hemos de aspirar, por tanto, a hacer de nuestra vida toda una oración.

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