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Imaginamos la oración, ingenuamente, como un argumento para convencer a Dios de que haga algo. Pero la oración no es un mensaje desde la Tierra al Cielo, sino que es una apertura en nuestra alma para que el Dios pueda lograr su obra (la felicidad) en la Tierra a través nuestro.

Tenemos que pedir cosas, mucho, pero no para que se nos den, sino para que nos convenzamos de que eso es lo que Dios quiere, y nos decidamos a colaborar.

Lo que los hombres llamamos pecado (mentiras, adulterios, robos) son tan solo la fase final de una trayectoria más larga de apartarse de Dios. Según esto, el “pecado”, como acción,  puede verse como un mensaje de Dios para llamarnos la atención sobre algo que no va bien en nuestra vida.

Vida interior es recomenzar

Vida interior es recomenzar No es que en la vida interior “haga falta” recomenzar muchas veces. Es que la vida interior “es” (consiste en) recomenzar.