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Engañamos a las mujeres

Con la modernidad las mujeres han sido engañadas a creer que la verdad está en ser como los hombres: preocuparse del producir y del poder. El feminismo es un masculinismo.

Pero resulta que hay una verdad en ser hombre y otra en ser mujer y otra en ser niño y otra en ser adulto y otra en ser chino y otra en ser europeo. Y luego, está la Verdad con mayúscula que vive parcialmente en cada una de esas verdades, pero que necesita de todas para manifestarse. Cada persona tiene que conocer su verdad y la Verdad. Su verdad, que consiste en su posición en el cosmos, y la Verdad que está más allá.

Todos somos mujeres

Por millones de años todos los seres vivos se reproducían solos, no existía el sexo, todos eran hembras, que se clonaban en sus hijas. Mucho después, se inventaron los machos para crear diversidad genética que permitiera aguantar la descomposición que las mutaciones provocan. Una vez que se separaron los vivientes en machos y hembras, se especializaron. Los machos, así, pueden ser definidos como unas hembras estériles especializados en la consecución de recursos.

Mujeres masculinas

Desde que el pensamiento de Occidente, en el siglo 17, adoptó la ideología del economicismo (lo que da valor a las personas es lo que producen), la mujer tuvo que adoptar patrones masculinos (producir) para adquirir valía en la sociedad. Todavía hoy sentimos que la justicia se dará cuando las mujeres puedan tener el mismo poder (que es el atributo masculino por antonomasia) que los hombres.

Tiene el hombre, el macho más que la hembra, el instinto de etiquetar a otras personas como “enemigos”, para así poder segregar más instinto de supervivencia, que le impulse a hacer lo que tenemos que hacer. Esto es parte del instinto del miedo que nos impulsa a prever peligros para planificar cómo defendernos.

Importante instinto, que si no dominamos, envenena la vida en comunidad.